Descripción:
El 17 de noviembre en la Universidad de La Habana, el Presidente Fidel Castro pronunció un discurso trascendental sobre el futuro de la Revolución cubana. El centro de las reflexiones del Comandante lo formaban dos preguntas: 1. ¿Creen ustedes que este proceso revolucionario socialista, puede o no derrumbarse?» 2. ¿Cuáles serían las ideas o el grado de conciencia que harían imposible la reversión de un proceso revolucionario? Se trata de una invitación al debate mundial, una convocatoria a la solidaridad de la razón. Pero la solidaridad mundial no lo entiende así. Entra en una fase de shock, cuando el Comandante que durante casi cincuenta años ha aseverado que la revolución es invencible, que el socialismo es inmortal y el Partido eterno, de golpe afirma públicamente lo contrario. Es un terremoto en el campo de la epistemología y de la fe revolucionaria: el Comandante de la certeza, de la seguridad de la victoria final, reintroduce la dialéctica en el discurso oficial cubano, sin advertencia, sin preámbulo1 sin ambages. Pronuncia lo impensable: Este país puede autodestruirse por si mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra: Incrédula ante lo acontecido, la solidaridad mundial no reacciona; no aporta las ideas que solicita Fidel; calla y, en algunos casos, desaparece el discurso del Comandante de los foros públicos de debate. Se trata de una reacción lógica, humana, porque la pura idea de la desaparición de Fidel llena el corazón de tristeza. Pero, objetivamente, es un acto de lo que Herbert Marcuse llamaba la tolerancia represiva, una tolerancia que perjudica a la causa que el Comandante procura avanzar.